Tecnología de la libertad: una tesis de inversión sobre la propiedad digital
Del código abierto y la tecnología cripto a la IA abierta, 2ØY se centra en infraestructuras que devuelven a los usuarios el control sobre el software, el dinero, los datos y la inteligencia.

La gran pregunta tecnológica ya no es solo qué podemos construir. Es quién controla lo que construimos.
Durante las dos últimas décadas, internet se ha vuelto más cómodo, pero también más dependiente. Las empresas alquilan infraestructura en lugar de operarla. El software vive en servicios de suscripción. La identidad, los pagos, la distribución, los datos y el trabajo se concentran en cuentas de plataformas. Ahora, incluso la inteligencia empieza a llegar a través de API cuyas reglas e incentivos el usuario no ve.
Esa abstracción creó mucho valor. La nube hizo que la computación fuera programable. Las plataformas de despliegue hicieron más rápido publicar software. Las interfaces de IA pusieron modelos avanzados al alcance de millones de personas. Pero el coste oculto es el control: cuanto más se abstrae una capa, más fácil es que el usuario pierda capacidad de decisión sobre ella.
2ØY cree que el próximo gran ciclo tecnológico estará marcado por la tecnología de la libertad: sistemas que permiten a personas, desarrolladores, empresas y comunidades poseer, mover, verificar, construir y coordinar. No hablamos solo de código abierto. Hablamos de recuperar control sobre las capas básicas de la vida digital: software, red, dinero, identidad, datos e inteligencia.
La primera capa fue la libertad del software. Richard Stallman lanzó el Proyecto GNU en 1983 y fundó la Fundación para el Software Libre en 1985 con una idea clara: los usuarios deben poder ejecutar, estudiar, modificar y compartir el software que utilizan.
El movimiento de código abierto llegó después con un lenguaje más práctico y más cercano al mundo empresarial. En torno a la liberación del código fuente de Netscape en 1998, figuras como Eric Raymond y Bruce Perens ayudaron a popularizar el concepto de código abierto. Antes, en 1991, Linus Torvalds ya había demostrado con el núcleo Linux que la colaboración abierta podía crear infraestructura de enorme valor.
Software libre y código abierto no son lo mismo. El primero parte de una posición ética sobre la libertad del usuario. El segundo pone más énfasis en calidad, fiabilidad y eficiencia de desarrollo. La diferencia importa. Pero ambos comparten una misma intuición: los sistemas tecnológicos importantes no tienen que vivir dentro de cajas negras privadas para ser valiosos.
Hoy esa intuición ya se puede medir. En 2024, Manuel Hoffmann, Frank Nagle y Yanuo Zhou, de Harvard Business School, estimaron que el valor del software de código abierto ampliamente utilizado, desde el lado de la demanda, alcanza los 8,8 billones de dólares. También calcularon que, sin software de código abierto, las empresas tendrían que gastar 3,5 veces más en software.
El código abierto no es un rincón de la economía del software. Es parte de su base. Reduce el coste de crear empresas, acelera la investigación y permite que equipos pequeños construyan con una capacidad técnica que antes solo tenían grandes instituciones.
La segunda capa fue la libertad de internet. El primer internet permitió publicar, aprender, vender, organizarse y construir sin pedir permiso a instituciones tradicionales. Dio a individuos y equipos pequeños una distribución que antes estaba reservada a medios, universidades, bancos, comercios y gobiernos.
Pero buena parte del internet actual se ha recentralizado. Los creadores llegan a audiencias globales, pero la relación con esas audiencias suele vivir en cuentas que no poseen. Las empresas dependen de algoritmos que no pueden auditar. Las comunidades se reúnen en plataformas cuyas reglas sobre visibilidad, pagos o expresión pueden cambiar de un día para otro.
Por eso la libertad de internet requiere identidad portátil, publicación abierta, comunicación cifrada, grafos sociales propiedad del usuario, protocolos interoperables y canales de distribución que no dependan de un único guardián.
La tercera capa, y la más importante, es la soberanía monetaria. La libertad del software permite controlar las herramientas. La libertad de internet permite acceder a información, audiencias y distribución. Pero si una persona no puede guardar, transferir o recibir valor sin permisos arbitrarios, las demás libertades quedan limitadas.
La agencia económica convierte la expresión en acción. Permite financiar trabajo, proteger ahorros, entrar en mercados, apoyar comunidades y coordinarse con otros a través de fronteras.
Por eso la tecnología cripto es central para esta tesis. No porque cada token tenga valor, ni porque especular sea libertad. Gran parte del mercado cripto ha sido extractivo, corto de miras o puramente narrativo. Lo importante es la arquitectura: cripto introdujo un modelo creíble de autocustodia y liquidación sin permisos.
Bitcoin convirtió el valor digital en un activo controlado por claves, no por el acceso a una cuenta. Ethereum llevó esa idea a la coordinación financiera programable: contratos, aplicaciones y organizaciones que pueden operar sobre raíles públicos, no dentro de la base de datos de una sola empresa.
En los sistemas financieros cerrados, el acceso puede denegarse, las cuentas pueden congelarse, los pagos pueden bloquearse y grupos enteros pueden quedar fuera por geografía, política, regulación o decisiones de riesgo de una plataforma. Algunos controles son necesarios. Pero si toda acción financiera depende de un intermediario, la libertad siempre es condicional.
Los mejores sistemas cripto no eliminan las instituciones. Crean una capa de liquidación alternativa por debajo de ellas. Dan a las personas custodia directa, a los desarrolladores infraestructura neutral y a las comunidades una forma de coordinar capital sin depender por completo de bancos, procesadores de pago o plataformas.
La cuarta capa es la soberanía cognitiva. La IA se está convirtiendo en la interfaz del trabajo intelectual, la memoria, la toma de decisiones y la creación. Si esa interfaz solo existe como API cerrada de suscripción, la capa de productividad más importante de la próxima economía quedará alquilada a unos pocos proveedores de modelos.
Los modelos de pesos abiertos, la inferencia local, los agentes autoalojados, las memorias privadas y los flujos de datos controlados por el usuario apuntan a otra arquitectura: inteligencia que puede auditarse, adaptarse, desplegarse en privado y poseerse más cerca del usuario.
Esto no significa que todo el mundo vaya a ejecutar modelos avanzados en local. La mayoría elegirá la opción más cómoda si es mejor y más barata. La clave es que existan alternativas creíbles. Esas alternativas cambian el equilibrio de poder: mejoran la privacidad, permiten mayor personalización, reducen dependencia de plataformas y dan más margen de negociación a desarrolladores y empresas.
La pregunta de inversión no es si los sistemas cerrados pueden crear valor. Pueden, y lo hacen. La pregunta es dónde se acumula el valor a largo plazo. 2ØY cree que se acumula en sistemas que aumentan la agencia del usuario, no solo en sistemas que capturan dependencia.
Por eso no evaluamos una tecnología de la libertad solo por si su código es público. Que el código sea público no basta. Un proyecto puede ser de código abierto y aun así ser difícil de usar, inseguro, estar mal financiado, tener mala gobernanza o ser económicamente extractivo. Lo importante es si crea libertad duradera en la práctica.
Buscamos varios rasgos.
Primero, derechos de salida: que los usuarios puedan mover datos, ejecutar clientes alternativos, custodiar activos, autoalojar servicios críticos, verificar reglas o hacer un fork si hace falta.
Segundo, gravedad para desarrolladores: que el sistema no sea solo un producto, sino una base sobre la que otros puedan construir.
Tercero, sostenibilidad económica: que el proyecto pueda financiar mantenimiento, seguridad, documentación, gobernanza y desarrollo a largo plazo sin traicionar la apertura que lo hizo valioso.
Cuarto, ventaja de distribución: que la apertura se traduzca en confianza, velocidad de adopción, integraciones, contribución comunitaria o estatus de estándar.
Quinto, posición de mercado: que esté en una capa donde el control será cada vez más importante, como dinero, IA, nube, identidad, privacidad, seguridad, cómputo, datos, cripto o herramientas para desarrolladores.
Esa es la diferencia entre un proyecto abierto y una infraestructura de libertad. Un proyecto abierto puede empezar con entusiasmo. Una infraestructura de libertad necesita gobernanza, capital, seguridad, distribución y modelos de negocio capaces de durar.
2ØY cree que las mejores inversiones de la próxima era darán a los usuarios más capacidad de elección, más portabilidad y más poder creativo. No solo harán que la tecnología sea más fácil de consumir; harán que sea más fácil poseerla, adaptarla y construir sobre ella.
Ahí está el interés compuesto del mundo abierto.